"No cierres los ojos"
Si no digo nada no es porque no lo sienta, no estoy ciego, veo lo que pasa afuera.
No es que la vida en un instante se volvió más dulce y todos los demonios se fueron por donde vinieron.
De acá se ve la injusticia, el dolor, la muerte y aunque parecemos indolentes, hay quienes sufren y sienten que hay algo que hacer.
Es un mundo tan grande y hace que nos veamos tan pequeños, que el mayor problema es que no sabemos dónde empezar.
Sólo cuando cruzas la línea de la pasividad te das cuenta de que lo más difícil era dar el primer paso...
Dar una mano a quien lo necesita es mucho más reconfortante que cualquier cosa que puedes recibir. La sonrisa de ese niño, el abrazo de ese viejo, éstas son las cosas que el dinero y la arrogancia no pueden comprar.
Seguro vamos a chocar contra la indolencia y la indiferencia de aquellos que se creen dueños de la verdad y en cierto sentido se ven a sí mismos como inmortales.
La culpa es nuestra por estar tanto tiempo en silencio, no hemos levantado lo suficiente nuestras voces para que nos escuchen.
La libertad es un anhelo de todo ser humano, pero de qué me sirve la libertad si no tengo qué comer, si no me va a ayudar para salir de este pozo, entonces prefiero que sea solo un sueño.
El futuro se ve oscuro, ¿qué harán ahora los que enarbolaron las banderas de ese ideal, cuando su seguridad cada vez es más incierta?
Cada día la cercanía a la montaña te garantiza menos tu tranquilad, pensabas que alejándote lo más posible de aquellos a quienes ves como “diferentes”, no te pasaría nada.
Creías que mientras más escondidos estuviesen tus castillos de las casas de cartón, menos sospechas despertarías.
No te diste cuenta de que mientras tu sistema crecía y crecía como un globo de aire sin control, aquellos que nada tenían, pero que gracias a tu maldita publicidad soñaban con tenerlo todo, acumulaban años y años de frustraciones y de envidia.
De pronto abres los ojos asustado, la sirena de un carro de policía, hace que te levantes de cama y mires por la ventana.
No entiendes lo que pasa, sales a la calle, sólo escuchas gritos y llantos. Se te nubla la vista y sientes que tus piernas no te pueden sostener, acaba de pasar frente a ti un pequeño cuerpo ensangrentado.
Esta vez no pudiste cerrar los ojos, como lo haces a diario cuando por las noticias se anuncian desgracias, tampoco fue posible subir la ventana de tu auto o mirar para el otro lado cuando se te acerca aquel pobre para pedirte una moneda para comer.
Tratas de volver a tu cama y convencerte de que lo que pasó es sólo una pesadilla, cierras los ojos una y otra vez, pero no puedes dormir. Te vuelves a levantar y abres la puerta de la habitación de tu pequeña hija, la ves dormir tranquila, pero eso no te calma, ahora sabes que eso no es suficiente.
Al día siguiente por la noche, el noticiario te recuerda lo que has intentado olvidar durante todo el día, el nombre de la calle, la cara de tu vecino y la mirada de tu esposa, hacen que se te haga imposible pensar que lo que pasó es algo que nunca te va a suceder.
La vida desde este momento no será nunca lo que fue para ti, descubres que los límites de tu propiedad, no te van proteger como creías. Piensas en escapar de este lugar, pero te das cuenta que vayas donde vayas el peligro te perseguirá.
No sabes qué hacer, te has vuelto vulnerable, ya no eres aquel ser inmortal que subía la ventana polarizada y avanzaba de manera indolente por la vía. En cada cara que ves, reconoces una mirada llena de frustración y envidia, te da vergüenza pensar que con el valor de la puerta de tu auto, esas personas podrían tener un hogar donde vivir.
Los días pasan y has vuelto a dormir por las noches, sin embargo hay días que las pesadillas te despiertan, ves ese pequeño cuerpo ensangrentado pasar, cuando te acercas a mirarlo te das cuenta que en medio de la sangre aparece el rostro de tu hija.
Tu respiración se agita, corres y abres la puerta de su pieza, la ves durmiendo tranquila y vuelves a tu cama, no puedes volver a dormir.
Piensas que tal vez debas recurrir a un especialista que te haga olvidar todo, pero en tu interior sabes que eso no será suficiente.
Los siguientes días tratas de volver a tu rutina, pero en cada noticia, el recuerdo de tu hija vuelve a tu mente, haciendo inútil cualquier intento de seguir adelante.
¡Qué esperas! ¡Hasta cuando vas intentar negar la realidad!
¿O es que acaso te basta con que la próxima víctima se la hija del vecino de enfrente?
No cierres los ojos, lucha contra la injusticia, piensa que con cada niño que ayudes a cumplir sus sueños, tu hija estará más segura.
Si cada uno de nosotros hubiese hecho lo mismo, no lo sólo tu hija estaría más segura, sino también la de tu vecino y las de tantos vecinos que no conoces, que al igual como la tuya dormían inocentemente en la tranquilad de sus camas y ahora duermen bajo tierra junto con la ilusión y la felicidad de sus familias.







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